jueves, 6 de mayo de 2010

EL EXTRAÑO Y ENIGMATICO CASO DEL FASCINANTE BENITO, parte primera


Parte Primera: Amaneció gris el día, en aquella aldea. Los pocos habitantes que en ella vivían empezaban a desperezarse, cuando Benito, cayado en una mano y capazo en la otra, regresaba a casa.
La noche había pasado pronto, para este hombre taciturno y rodeado de misterio, quien antes de que el rocío se evaporara, ya tenía algunas raíces extraídas y sacudidas. Momentos después, sacaba de su zurrón un trozo de pan y otro de queso; se sentaba sobre una piedra plana y se lo comía lentamente. Mientras ensalibaba aquel áspero pan con el duro queso, levantaba sus ojos a la estrella que le orientaba de la hora en la que el rocío se iba a evaporar. La estrella perdía su fulgor y desaparecería hasta el día siguiente.
Cuando se ocultó, como si le hubiera correspondido a su mirada, sin acabar su frugal bocadillo, guardó los restos y caminó un largo rato, camino de casa.En la aldea, nadie conocía el origen de Benito; nadie sabía nada de su familia; siempre le vieron viviendo él solo. Era una persona activa; dormía poco y comía parcamente.
La chimenea de su cocina arrojaba un humo blanco, contínuamente. Era algo irreal, pues hiciera sol y calor, lloviera o nevara, aquel humo siempre subía y subía, y desaparecía en las alturas, formando una nube blanca, retorcida, como si el humo se abrazara, y así ascendía hasta que se perdía a la vista.

Esta circunstancia, hacía que todos pensaran en el origen desconocido de Benito. Los mayores del lugar, decían que este hombre bonachón, generoso, desprendido, dispuesto a ayudar a todos, no envejecía. Le conocían desde hacía muchos años y siempre aparentaba la misma imagen. Siempre ocupado, nunca estaba cansado. Sus rasgos parecían normales, como los de la tierra, pero los párpados de sus ojos, tenían una pequeña doblez, que se le acentuaba cuando se reía, y se reía mucho. Cuando alguien le preguntaba cómo se conservaba tan alegre y tan joven, siempre les respondía lo mismo, —ríe, ríe, ríe, no te canses de reir.

Braulio, abandonó su cama, se desperezó frotándose los brazos, pasó su mano por la cara y se estiró dando un gran bostezo. Unas corripias de su vientre sonaron desacordes. Su mujer aún permanecía en la cama en un duerme vela agradable y voluptuoso. Se dirigió a la ventana, corrió los postigos y al abrir, vio a Benito, que bajaba la cuesta de san Miguel, con su cayado y el capazo bastante abultado.
—Hay que ver al Benito—, dijo volviéndose a su mujer, que aún yacía hundida al calor del jergón de maíz—, es increíble cómo a sus años, sigue día tras día, madrugando para ir a buscar el romero, la salvia, la albahaca, la ajedrea y otras más hierbas, que a tantos nos curan y alivian.
—Y que lo hace gratis—,respondío la mujer.
—¿Cómo sabrá para lo que vale cada hierba? Nadie ha contado que le han ido mal.
—¿Dónde lo habrá aprendido? En su casa, no se le ven libros, ni papeles.
—Los tendrá en otro cuarto—, respondió la mujer.

Lamiendo el prado, fluía un arroyuelo con agua pura, abundante y fresca. Benito se agachó a la orilla y echó la talega a tierra; sacó una navaja y empezó a cortar unas hierbas mojadas, de un color verde intenso. Casi, casi, llenó la talega de berros. Antes de guardarlos los lavaba bien y los sacudía fuertemente, para quitarles las larvas que tenían. Parte de esos berros, se los comería él cuando llegara a casa. Los restantes se los daría a los debiluchos, que según él, tenían problemas en la sangre. Esto no lo entendían los aldeanos no entendían, ni sabían cómo lo adivinaba. A algunos les decía que no comieran dulces, ni azúcar.
Se había ganado el cariño de todos. Quien le necesitara, siempre le encontraba a cualquier hora.

La Sagra, tenía las manos llenas de verrugas, desde los ocho años en que la brotaron. La mujer era guapa y con propiedades. Siempre tenía las manos cubiertas y llevaba un pañuelo al cuello, que le hacía muy bonito, pero que era para taparle más verrugas. Tuvo varios pretendientes con propuestas de matrimonio y nunca se decidió porque le daba vergüenza descubrir sus manos, el cuello y la espalda, que también tenía llena de esos repugnantes granos.
Amargada por su situación estaba, cuando un día escuchó que había un brujo que hacía todo tipo de curaciones. No se lo pensó; preparó el caballo y a casa de Benito se acercó.
Este, al verla llegar y desmontar, la notó tan inquieta y preocupada, que trató de tranquilizarla y le dijo: —No te preocupes, Sagra, es poco eso que te inquieta.
—Ande—, dijo ella ¿y quién le ha dicho a usted mi nombre? respondió, mientras descabalgaba.
—Mira, con esto, que tengo en la mano, te vas a curar —, le dijo enseñándola un cordel.
Sagra se fue acercando y aún no se había descubierto las manos, cuando Benito ya le daba la solución. Estaba desconcertada. Benito, siempre sonriendo, la invitó a pasar a casa y Sagra se destapó las manos y se quitó el pañuelo.
—También tengo la espalda llena.
—No te preocupes, vas a tener una limpieza de todas las que tienes en tu cuerpo; hay alguna más de las que tú dices. El rostro de Sagra, se enrojeció, pues a nadie le había dicho nada, ni nadie se las había visto nunca.
—Mira llévate este trozo de cordel, que ya ves que mide un poco más de una cuarta; le haces tres nudos, principio, mitad y final y, le entierras en el estiércol. Cuando el cordel se haya podrido, las verrugas se te caerán. ¡Todas!
—¿Todas?
—Sí, se caerán ellas solas. Tú, mientras, no hagas caso de ellas.
—Bueno, pero ya sabe que como me avergüenzan, tengo que llevarlas tapadas.
—Luego, ya verás, volverán a requebrarte.
La mujer se despidió toda emocionada y, en aqradecimiento, le dejó un celemín de garbanzos.

—Cómo será que la muy obligada, de la Sagra, ha venido otra vez a ver a Benito. Tenía las manos limpias y no traía pañuelo al cuello, —dijo Braulio, mientras se enfundaba el pantalón.
—¿Y las de la espalda? —le preguntó su mujer.—
—No lo sé, pero de lo que se la veía, no le quedaba ni una.
—Vaya tontería, dijo la mujer.
—Deja, deja, que cualquier día voy yo a verle.
—¿Tú?
—Sí, por lo que tú sabes; lo que pasa, que cada uno es como es y, lo que se dice a mí, enseñarla no me importaría, si no fuera porque la tengo donde, la tengo.
—Braulio, no te la quites, digo yo, que a mí me gusta, pues ya sabes qué goce me da.
—Ya, pero hace muy feo tenerla ahí. Nadie la ve, pero, ...
Braulio dudaba entre la cortedad, que le daba enseñar sus partes y, por otra, pues sí, le daba placer a su mujer, ¡ya lo creo!
Lleno de dudas, nervioso y bastante inquieto, se acercó a la casa de Benito, sin decir nada a su mujer. Esperó tímido y vergonzoso, sentado en el poyo de piedra, a que Benito abriera la puerta, cuando le vio que llegaba frente a él.
—Buenos días, Braulio. Te estoy esperando desde hace mucho tiempo y de verdad, que me tenías bastante preocupado; menos mal que por fin te has decidido y has venido.
—Benito, nunca le he dicho nada, ¿cómo es que lo sabe? ¿Acaso ha venido mi mujer?
—No, no, tu mujer no ha venido por aquí, pero ya que la mencionas, la vas llevar este líquido. Todas las tardes, le frotas la parte baja de los riñones, de esta manera.
—La verdad que sí, que se queja muchas veces y se lleva las manos ahí y le cuesta ponerse recta.
—Bueno, mira Braulio, lo tuyo es más sencillo que lo de tu mujer. Coge este cuerda y la haces tres nudos, separados; luego la entierras en el montón de estiércol. Te olvidas de ella y de tu verruga; sigues haciendo tu vida, como si nada; no te rasques, ni te la toques, pues puede que te la traslades a otra parte del cuerpo; cosa que ya has hecho; te están saliendo algunas más y no las has visto, porque son muy chiquitinas; de momento, sólo sientes un ligero picor.
—Benito,Benito, me deja usted desconcertado. No le he dicho nada y usted lo sabe. ¿Sólo tengo que hacer eso con la cuerda? Mire, es que no le he dicho que mi mujer no quiere que se me caiga, porque, ... y bajó la voz para contárselo.
—Bueno, bueno, ya te daré otro remedio más natural, para que la sigas contentando. Por ahora, todo seguirá igual.
Salió contento, pero estaba muy confundido. ¿Cómo sabrá el Benito estas cosas tan secretas? El pensamiento no se le iba de la cabeza. O sea que... ¡nos ve por dentro!

Pasó el tiempo y Braulio se olvidó del remedio y de dónde le había escondido. Cuando orinaba, lo hacía sin mirarse y como Benito le había dicho que no se tocara la verruga, pues sólo sacaba la punta y basta.
La mujer, no sabía que había visitado a Benito, y seguía contenta. Como la verruga aumentaba poco a poco, el roce que la hacía era cada vez mayor y la excitación también. Además, su marido ¡le había hecho caso!, cosa rara.

Llegó el otoño, se adelantaron los fríos y la cama era el mejor remedio para combatirlos. Pasados los primeros tiritones, ya los cuerpos se sentían cálidos y, los arrumacos habían encendido el ardor, cuando las manos buscaban sus rincones, un grito en la oscuridad—Braulio, ¡que te falta algo!, pero bueno, qué ha pasado, ¿has ido a verle?
—Sí, Chon, fui y me dio el remedio, que yo creía que no funcionaría; han pasado unos meses y no había sentido nada. Pero ya ves que ha funcionado, pue se me ha caído y no sé cuándo. Me dio una cosa para tí, para que te frote en los riñones y no te le he dado, para no descubrirme y que supieras que había ido a verle. Tienes que entender, que tenía que ir, pues ya me abultaba más que estos, y se los señalaba.
Esa noche, fue larga, muy larga. Al desencanto, le siguió un enfriamiento emocional y el aire de la habitación penetró en el jergón, congelando el deseo.

Apenas vio la luz por las rendijas de la ventana, se levantó. La cocina estaba tibia, calentó unas sopas en unas ascuas aún vivas, se calzó las madreñas, se encasquetó la boina, agarró el cayado y caminó a casa de Benito. Machacó la puerta con varios golpes secos, pero nadie respondió.
—Rediez, se dijo, —¡Benito!, gritó.
Largo rato estuvo sentado, esperando en el poyo. La espera se le hizo corta, pues a pesar del disgusto de su mujer, él estaba contento. Cuando vio llegar a Benito, se levantó y le saludó con gran afecto.
—Ahora, —le dijo Benito, bueno, bueno, pasa que te voy a dar algo, como te dije la otra vez.
Entró a la cámara y sacó unas florecillas.
—Una de estas, tienes que comértela todos los días. Se llama "hierba del chivo rijoso". Cuando vayas a yacer con tu mujer o, ..., notarás algo muy especial. Te dará una fuerza muy grande. Ahora, te ha quedado un poco de señal, pero no te preocupes, pues desaparecerá. Procura que tu mujer no vea estas flores. Son muy buenas para el sexo. Sólo las come el chivo y, ya sabes por qué está todo el día montando. Yo las cojo arriba, por esos riscos donde sólo andan las cabras. En algunos lugares del norte, las llaman"orejas de oso". A tu mujer, la vas a dar más goce, pues va sentir tu vara muy dura. La verruga dentro de poco, te habría dado una grave enfermedad, ya que era muy perniciosa, tenía mucha vida y sabes que crecía.
Continúa parte dos