jueves, 11 de marzo de 2010

*** " LO QUE NUNCA PROBË " ***

Imagen cortesía de Sample Pictures
Vamos, venga, date prisa. Hoy vas a probar algo que no olvidarás nunca. Partimos sin preparativo alguno, pues no se necesitaba. Yo iba confiado, ya que a todos les veía alegres, dicharacheros, felices. El día prometía, pues hacía una temperatura excelente. Nadie dijo dónde íbamos, ni yo lo pregunté. ¿Te acuerdas de las vistas? Entonces evoqué aquel restaurante, en el que mientras saboreábamos de un aperitivo, gozábamos la impresionante vista de diez pueblos de la sierra de Gredos.
Es pronto aún, dije. Sí, pero vamos a ver algunos alrededores. Mi mente, se había trasladado a aquel restaurante, allá, arriba del valle; aquel restaurante que cierto día impactó nuestro olfato, cuando pasó el camarero y dejó una estela de olores caramelizados, de carne asada en la lenta brasa, con vino blanco, cebolla, ajo, apio, orégano, laurel, pimienta, que los presentes empezamos a adivinar y a diferenciar.
La boca se nos humedecía, mientras el olor se acentuaba en la nariz, pues los platos servidos estaban cerca.
Camarero, pregunté: ¿puede ...? Iba a pedir, ... No señor, es por encargo.
La vereda que "el todo camino" estaba rodando, me confirmó mi esperanza. ¿Habéis reservado el "cabrito asado con cebollitas caramelizadas y chips de yuca?" Pues claro. Entonces, me confié al asiento y ya no hablé. ¡Bien! Mas, recorridos unos minutos, ¿a dónde vamos? Mira, ¿ves allí? ¿donde el helicóptero? Sí. Bueno, pero yo no subo en él. Escucha, no hay peligro alguno. No, no, subir vosotros y yo os espero aquí buscando trufas. Por favor, escucha, va a ser un viajecito breve, corto, de minutos sólo. Vamos a ver estos pueblos del Tiétar, que se divisan desde la terraza del restaurante.
Llegamos a la plataforma del helicóptero y al descender del auto, no podía moverme. Mis pies se habían clavado al suelo y el pánico me invadió ¡Yo no subo! ¿No sabéis que tengo mucho vértigo? La sensación de un gran mareo me envolvió; mi piel, lívida, les alertó un poco, pues todos conocían que no superaba alturas de más de cinco metros. Me airearon con cartones y me dieron a respirar no se qué y me reanimé ligeramente. Empujado cariñosamente, dí unos pasos. A dos metros del aparato, no ví más.
Posteriormente me dirían que el síncope les alarmó y, ... desperté en una fría habitación de hospital, verdosa, enganchado a unos tubos colgantes.
Unas lágrimas, resbalaban por mi cara y alguien me dijo con dulzura: ¡por fin! Yo, amodorrado, pregunté: ¿comimos el cabrito?

Juan Yuste

ENSAYO DUPLICADO


Se trata de adivinar qué es o quién es, sin ver el final
Había llovido levemente. El agua acarició la arena y, se posó con suavidad en la playa. Mucha gente recorría el paseo disfrutando, con goce, de aquellos momentos, en los que se serenaban las olas y se respiraba un aire apacible, grato, que sacaba del mar, aquel olor inimitable, embriagador, aquel olor a mar azul y a mar verde, aquel olor que te hacía abrir los brazos para que te penetrara más y más en los pulmones, aquel olor que recorría el cuerpo, hechizando los sentidos. Olor dulce a humedad salina, olor a pescado aún vivo, a ostras recién sacadas de ese agua. Embriagado así, paré un momento mi lento caminar y descendí a la playa.
Las olas suaves, se acercaban; se posaban tranquilas en la arena y se alejaban casi con pesar. Momentos antes de llegar la ola, el mar saciaba mi aliento. ¡Qué olor! Me senté vestido y saludé: ¡Hola mar! Alguien volvió su cara y sonrió. Me recliné, apoyándome en un brazo. Extendí la otra mano y jugueteé con los dedos. Presioné con levedad y sentí calor; acerqué mi nariz y olí ese calor, que sentí cálido, humedecido momentos antes. Mis dedos recorrieron una tenue piel saturada de miles y miles de granitos. me acerqué para captar su olor y ni olían ni sentían. Recorrí unos momentos aquella piel muelle, aparté mis dedos y, mirando con nostalgia, abandoné el lugar.
Unos ojos acompañaron mi retirada y la soledad que sentía.
¿Habéis adivinado que se trata de la arena?

Juan Yuste

jueves, 4 de marzo de 2010

***** EL OLFATO *****

La cena, en aquel rincón, precariamente iluminado por un candil de carburo, era tan frugal, como repelente por su olor.
Cebolla frita y fría, con pan duro, frotado en ajo; o garbanzos con tocino rancio, regados con vinagre, acompañado todo, de guindilla ya chupada por otros anteriores, o diente de ajo, sin chupar, a elegir.
Cuatro mal cenaban, en aquella nauseabunda pocilga, en la que se respiraba un vomitorio olor, amargamente avinagrado y, en la que era habitual una serenata de eruptos que expelían un aliento fétido y pestífero. Habitual también eran unos roncos carraspeos, algunos acompañados de hirientes lapos, que al ser expelidos, más de uno creía tragarse.
Ojo con decir nada, pues la respuesta parecía estar esperando; de entre las dos piedras feroces, de aquella bestia humana, salía con facilidad una ventosidad anal, tan sonora, de una violencia tan repugnante, que el suelo abetunado, se vería encharcado y lleno de tropiezos mal digeridos, en breves instantes.
Ya no protestaban los unos de los otros. Se reunían allí, porque se protegían entre sí, de su nauseabundo olor que nadie podía soportar. Esa cuadra, mal llamada chigre, emitía un tufo, que era desapercibido por la existencia de una charriquería próxima.
La pestilencia subía las escaleras, hasta los camastros. La ventilación sólo se ponía en marcha cada vez que la puerta de la tasca se abría.
El "turco," así le llamaban, sin saber de dónde era, subió los peldaños a tientas y se tendió en el jergón, tal como salió de la mina. Mientras dormía, su boca abierta y semiseca, expelía un aroma agrio, que enardecía a su vecino de camastro, por el hedor insoportable. No aguantaba más tal pestilencia y pensó cambiarse a una piltra vacía. Se levantó y, en ese instante el turco se removió y un estruendoso repiqueteo, anunció la llegada de fétidos y hediondos aromas, que invadieron su nariz y revolvieron su estómago y, sin esfuerzo le vació en su apestoso y repugnante vecino, quien se regustó tragándoselo, pastando su boca, como si agradeciera que la sequedad de su garganta se hubiera aliviado.

Juan Yuste

lunes, 1 de marzo de 2010

***** DONCELLA DIANA *****

*** DONCELLA DIANA ***
Diana, una doncella niña, era tímida y miedosa y vergonzosa.
Los niños nos reíamos de ella, no por su apocamiento, sino por su tartamudez. Crueles,siempre, al descubrir un defecto, con Diana éramos inhumanos, brutales, insufribles. La martirizábamos al llamarla Di...di...di... ana. Diana, nerviosa, irritable, excitable, tsrdaba más de dos minutos en decirnos que no se llamaba Ana.
La angustia, y la ansiedad, y la tristeza, se apederaban de ella y rompía a llorar y, hasta llorando nos daba la impresión de que lo hacía tartamudeando.
Un día de tantos, en que era martirizada, yo iba en mi bicicleta y al verla tan sola, tan abandonada, tan desamparada, tan herida, paré junto a ella. De sus ojos, resbalaban lágrimas a borbotones y, sus rodillas, enrojecidas de impotencia, temblaban temblorosas.
Diana, le dije sin preguntar nada, ¿quieres dar una vuelta en mi bici? Asintió nerviosamente con su cabeza y, sus ojos parpadearon tan rápidos, que apresuradas lágrimas saltaron a tierra. Montó y subió la cuesta como impulsada por la acelerada palpitación de su corazón. No pedaleó la descendente bajada.
Sus lágrimas, aún húmedas, reverberaban al reflejar los rayos del sol y sus mejillas parecían un campo de rocío.
Al oído, me dijo "gracias" sin titubear, a la vez que sonriente, sus brazos me rodeaban tan fuerte, tan firmes, tan enérgicos, tan impetuosos, tan estrechos me apretaban, que una corriente sacudió mi cuerpo y me sentí mayor.

Juan Yuste