La cena, en aquel rincón, precariamente iluminado por un candil de carburo, era tan frugal, como repelente por su olor.
Cebolla frita y fría, con pan duro, frotado en ajo; o garbanzos con tocino rancio, regados con vinagre, acompañado todo, de guindilla ya chupada por otros anteriores, o diente de ajo, sin chupar, a elegir.
Cuatro mal cenaban, en aquella nauseabunda pocilga, en la que se respiraba un vomitorio olor, amargamente avinagrado y, en la que era habitual una serenata de eruptos que expelían un aliento fétido y pestífero. Habitual también eran unos roncos carraspeos, algunos acompañados de hirientes lapos, que al ser expelidos, más de uno creía tragarse.
Ojo con decir nada, pues la respuesta parecía estar esperando; de entre las dos piedras feroces, de aquella bestia humana, salía con facilidad una ventosidad anal, tan sonora, de una violencia tan repugnante, que el suelo abetunado, se vería encharcado y lleno de tropiezos mal digeridos, en breves instantes.
Ya no protestaban los unos de los otros. Se reunían allí, porque se protegían entre sí, de su nauseabundo olor que nadie podía soportar. Esa cuadra, mal llamada chigre, emitía un tufo, que era desapercibido por la existencia de una charriquería próxima.
La pestilencia subía las escaleras, hasta los camastros. La ventilación sólo se ponía en marcha cada vez que la puerta de la tasca se abría.
El "turco," así le llamaban, sin saber de dónde era, subió los peldaños a tientas y se tendió en el jergón, tal como salió de la mina. Mientras dormía, su boca abierta y semiseca, expelía un aroma agrio, que enardecía a su vecino de camastro, por el hedor insoportable. No aguantaba más tal pestilencia y pensó cambiarse a una piltra vacía. Se levantó y, en ese instante el turco se removió y un estruendoso repiqueteo, anunció la llegada de fétidos y hediondos aromas, que invadieron su nariz y revolvieron su estómago y, sin esfuerzo le vació en su apestoso y repugnante vecino, quien se regustó tragándoselo, pastando su boca, como si agradeciera que la sequedad de su garganta se hubiera aliviado.
Juan Yuste
jueves, 4 de marzo de 2010
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