
Vamos, venga, date prisa. Hoy vas a probar algo que no olvidarás nunca. Partimos sin preparativo alguno, pues no se necesitaba. Yo iba confiado, ya que a todos les veía alegres, dicharacheros, felices. El día prometía, pues hacía una temperatura excelente. Nadie dijo dónde íbamos, ni yo lo pregunté. ¿Te acuerdas de las vistas? Entonces evoqué aquel restaurante, en el que mientras saboreábamos de un aperitivo, gozábamos la impresionante vista de diez pueblos de la sierra de Gredos.
Es pronto aún, dije. Sí, pero vamos a ver algunos alrededores. Mi mente, se había trasladado a aquel restaurante, allá, arriba del valle; aquel restaurante que cierto día impactó nuestro olfato, cuando pasó el camarero y dejó una estela de olores caramelizados, de carne asada en la lenta brasa, con vino blanco, cebolla, ajo, apio, orégano, laurel, pimienta, que los presentes empezamos a adivinar y a diferenciar.
La boca se nos humedecía, mientras el olor se acentuaba en la nariz, pues los platos servidos estaban cerca.
Camarero, pregunté: ¿puede ...? Iba a pedir, ... No señor, es por encargo.
La vereda que "el todo camino" estaba rodando, me confirmó mi esperanza. ¿Habéis reservado el "cabrito asado con cebollitas caramelizadas y chips de yuca?" Pues claro. Entonces, me confié al asiento y ya no hablé. ¡Bien! Mas, recorridos unos minutos, ¿a dónde vamos? Mira, ¿ves allí? ¿donde el helicóptero? Sí. Bueno, pero yo no subo en él. Escucha, no hay peligro alguno. No, no, subir vosotros y yo os espero aquí buscando trufas. Por favor, escucha, va a ser un viajecito breve, corto, de minutos sólo. Vamos a ver estos pueblos del Tiétar, que se divisan desde la terraza del restaurante.
Llegamos a la plataforma del helicóptero y al descender del auto, no podía moverme. Mis pies se habían clavado al suelo y el pánico me invadió ¡Yo no subo! ¿No sabéis que tengo mucho vértigo? La sensación de un gran mareo me envolvió; mi piel, lívida, les alertó un poco, pues todos conocían que no superaba alturas de más de cinco metros. Me airearon con cartones y me dieron a respirar no se qué y me reanimé ligeramente. Empujado cariñosamente, dí unos pasos. A dos metros del aparato, no ví más.
Posteriormente me dirían que el síncope les alarmó y, ... desperté en una fría habitación de hospital, verdosa, enganchado a unos tubos colgantes.
Unas lágrimas, resbalaban por mi cara y alguien me dijo con dulzura: ¡por fin! Yo, amodorrado, pregunté: ¿comimos el cabrito?
Juan Yuste
Es pronto aún, dije. Sí, pero vamos a ver algunos alrededores. Mi mente, se había trasladado a aquel restaurante, allá, arriba del valle; aquel restaurante que cierto día impactó nuestro olfato, cuando pasó el camarero y dejó una estela de olores caramelizados, de carne asada en la lenta brasa, con vino blanco, cebolla, ajo, apio, orégano, laurel, pimienta, que los presentes empezamos a adivinar y a diferenciar.
La boca se nos humedecía, mientras el olor se acentuaba en la nariz, pues los platos servidos estaban cerca.
Camarero, pregunté: ¿puede ...? Iba a pedir, ... No señor, es por encargo.
La vereda que "el todo camino" estaba rodando, me confirmó mi esperanza. ¿Habéis reservado el "cabrito asado con cebollitas caramelizadas y chips de yuca?" Pues claro. Entonces, me confié al asiento y ya no hablé. ¡Bien! Mas, recorridos unos minutos, ¿a dónde vamos? Mira, ¿ves allí? ¿donde el helicóptero? Sí. Bueno, pero yo no subo en él. Escucha, no hay peligro alguno. No, no, subir vosotros y yo os espero aquí buscando trufas. Por favor, escucha, va a ser un viajecito breve, corto, de minutos sólo. Vamos a ver estos pueblos del Tiétar, que se divisan desde la terraza del restaurante.
Llegamos a la plataforma del helicóptero y al descender del auto, no podía moverme. Mis pies se habían clavado al suelo y el pánico me invadió ¡Yo no subo! ¿No sabéis que tengo mucho vértigo? La sensación de un gran mareo me envolvió; mi piel, lívida, les alertó un poco, pues todos conocían que no superaba alturas de más de cinco metros. Me airearon con cartones y me dieron a respirar no se qué y me reanimé ligeramente. Empujado cariñosamente, dí unos pasos. A dos metros del aparato, no ví más.
Posteriormente me dirían que el síncope les alarmó y, ... desperté en una fría habitación de hospital, verdosa, enganchado a unos tubos colgantes.
Unas lágrimas, resbalaban por mi cara y alguien me dijo con dulzura: ¡por fin! Yo, amodorrado, pregunté: ¿comimos el cabrito?
Juan Yuste
No hay comentarios:
Publicar un comentario