
Existe una leyenda en los países nórdicos, según la cual, hay que encender, al anochecer, una lámpara en una ventana del hogar, que dé al norte, para que los espíritus que aún deambulan perdidos en este mundo, se orienten por esa luz y lleguen, siguiéndola, al Norte, donde está el cielo.
En mi ventana, al norte, siempre habrá una luz encendida y junto a ella,yo estaré
esperando que pases por allí y vuelvas a sonreir. Así sabré que eres tú y esta vez, partiremos juntos.
Muchos años hace ya, que sobre mí sentí la mirada más dulce, sí, que soñar pudiera.
Caía la tarde, cuando en aquella sala de aquel nórdico aeropuerto, mi alma, anónima allí, no se sintió sola. Mi cuerpo, sintió emocionado cómo unos bellos y armoniosos ojos, con su manto azul le envolvieron; cómo en él se posaron, sintiéndose penetrado. Aquella dulce mirada, mi alma invadió y un nido construyó en mi interior. En aquel momento, sentí que su alma, en la mía reposó; sentí que nuestras mentes se unían y nuestros cuerpos se traspasaban.
Con una sonrisa entregada, di unos pasos hacia ella, a preguntarle; quizás no hubiera sido necesario ni hablar; quizás nuestros cuerpos se hubieran fusionado, como ya lo estaban nuestras almas, sin más.
La voz fría de la megafonía, anunciando mi destino, me desconcertó y el titubeo me invadió. Ella se dio cuenta y, la nube de la decepción, la paralizó.
Dejé de lado, para siempre, el amor que en mí reverberó y que soslayé. Desde entonces, voy errante por la vida, tratando de buscar, a quien nunca podré encontrar, a quien nunca, su nombre podré pronunciar.
Nunca nos conocimos; sólo de paso nos vimos y, así mirándonos, nos despedimos.
Te sentí como mi alma gemela y te perdí; pude haberte hablado y partí. Renuncié a la ocasión de abrazar de tu cálido cuerpo y unirle al mío encendido, en aquel momento de soñación, en el que tu alma en la mía anidaba.
Desde entonces vivo, en corazones, alquilado: convivo, frágilmente, con almas que la mía desconcierta; enfrío el cuerpo candente, que me quiere estrechar.
Sólo tu recuerdo, ante el imposible encuentro, podría saciarme la sed, en este desierto que desde entonces atravieso y darme el calor que necesitaría para cruzar la estepa, en tu busca.
Día tras día, mi lámpara junto a la ventana del norte, ilumina un camino. Si algún día le tomas, sonríe al pasar por ella, como aquella tarde. Te reconoceré y, de ella saltaré, para contigo volar hasta los confines infinitos.
Con la esperanza rota y perdida, si por aquí no pasaras y al cielo llegaras, sonríe, que yo cuando a él suba, ante Dios te reconoceré, aunque ya no me amaras.
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