jueves, 29 de abril de 2010

*** ALGO TRISTE***

Fotografia, cortesía de gallery player.

Voy arrastrando mi cuerpo, desde que me levanto; hasta me pesa el alma, tanto, que aliento no tengo.
¡Qué desgracia! ¡Un día más, despertar! ¡Qué angustia volver a caminar, arrastrando mis pies, pues con el cuerpo no puedo!

¡Cuánto me cuesta el sueño abandonar! ¡Qué amargo día me aguarda! ¡Qué desdicha abrir los ojos! ¡Qué infortunio, así sobrevivir! ¡Qué no haría yo, para verla sonreir!

No me agrada ver el día; en mi alma todo es noche; vivo con una esperanza negra,
que el corazón me atormenta.

Cuantas veces me he preguntado el porqué, otras tantas no he acertado con el motivo, de aquel infausto día, que esperándola estaba, mientras llovía.
¿La dio miedo el diluvio de amor que en mí intuía? ¿Porqué no se dejó sumergir en el mar de ardor, en el que mi piel, abrasante, la deseaba hundir?

Nunca llegó a la cita prometida; jamás explicación alguna; la indiferencia, su alma invadió y, a la mía la desgracia temida.

Luego, viví arrastrando mi cuerpo, con el alma pegada al suelo, sin atreverme a levantar la mirada, sin jamás a ella contemplarla.
Mi único goce, era abrazar su sombra; mi mero consuelo, pisar sobre sus huellas, seguir sus pasos desde lejos, divisando el vuelo de su falda.

Me pasé la noche despierto, pensando un sin fin de locuras; delirios que me acarrean una impotencia, que me hace detestar mi existencia.

Ayer, suspiré por última vez. Esta mañana, cuando apenas desperté, ya no tenía fuerzas para seguir, así que me colgué.
Mi cuerpo ya se ha enfriado y, mi alma, confusa, aquí, aún se ha quedado. Quiero ver desde esta altura, cómo llegan, cómo sienten y quienes de mí, en su hartura, me dan la espalda y contrariados parten.

Mi cuerpo yace, mi alma flota. Subido estoy, en el techo de mi habitación. Lo veo todo, les veo a todos, pero a quien por ella he partido, por mucho que lo anhele, aún no ha venido.
Ya no quiero que venga; ya no quiero verla, no vaya a estorbar mi camino, a la vida eterna.
Mírala por do viene, compungida y llorosa. A mi cuerpo mira y su vista eleva. Ella sabe que ahí ya no vivo, que sobre ella estoy, no como a mí, antes, me hubiera gustado, sino como lo que, ahora, soy.
Algo tarde llegas, amada; mujer de lágrima fácil; no gimas, no suspires; baja de lo alto tu mirada, busca en otro lo que en mí no encontraste y trata de sentir con él, lo que en mí despreciaste.

Es mi hora, parto ya. Me llaman, oigo pero no veo. Una absoluta oscuridad me rodea. No reconozco la voz que me llama. ¡Espera, espera! digo. La soledad de mi alma, abajo, también aquí la encuentro. No sé dónde estoy, no sé dónde voy. Tengo una gran inquietud. Abro mucho los ojos, pero sigo sin ver. Quiero detenerme para no tropezar. Extiendo mis brazos y sólo siento frío. Me arrepiento de lo que he hecho. Atravieso un mar infinito y al fin diviso una tenue luz que se va agrandando cada vez más. Resplandece más que mil soles y, me invade una gran felicidad y una paz, como abajo jamás disfruté. ¿Es esto el cielo? No lo sé, pero aquí me quedo.

martes, 27 de abril de 2010

***HOMENAJE A MI AMOR DESCONOCIDO***


Existe una leyenda en los países nórdicos, según la cual, hay que encender, al anochecer, una lámpara en una ventana del hogar, que dé al norte, para que los espíritus que aún deambulan perdidos en este mundo, se orienten por esa luz y lleguen, siguiéndola, al Norte, donde está el cielo.

En mi ventana, al norte, siempre habrá una luz encendida y junto a ella,yo estaré
esperando que pases por allí y vuelvas a sonreir. Así sabré que eres tú y esta vez, partiremos juntos.

Muchos años hace ya, que sobre mí sentí la mirada más dulce, sí, que soñar pudiera.
Caía la tarde, cuando en aquella sala de aquel nórdico aeropuerto, mi alma, anónima allí, no se sintió sola. Mi cuerpo, sintió emocionado cómo unos bellos y armoniosos ojos, con su manto azul le envolvieron; cómo en él se posaron, sintiéndose penetrado. Aquella dulce mirada, mi alma invadió y un nido construyó en mi interior. En aquel momento, sentí que su alma, en la mía reposó; sentí que nuestras mentes se unían y nuestros cuerpos se traspasaban.

Con una sonrisa entregada, di unos pasos hacia ella, a preguntarle; quizás no hubiera sido necesario ni hablar; quizás nuestros cuerpos se hubieran fusionado, como ya lo estaban nuestras almas, sin más.

La voz fría de la megafonía, anunciando mi destino, me desconcertó y el titubeo me invadió. Ella se dio cuenta y, la nube de la decepción, la paralizó.

Dejé de lado, para siempre, el amor que en mí reverberó y que soslayé. Desde entonces, voy errante por la vida, tratando de buscar, a quien nunca podré encontrar, a quien nunca, su nombre podré pronunciar.

Nunca nos conocimos; sólo de paso nos vimos y, así mirándonos, nos despedimos.
Te sentí como mi alma gemela y te perdí; pude haberte hablado y partí. Renuncié a la ocasión de abrazar de tu cálido cuerpo y unirle al mío encendido, en aquel momento de soñación, en el que tu alma en la mía anidaba.

Desde entonces vivo, en corazones, alquilado: convivo, frágilmente, con almas que la mía desconcierta; enfrío el cuerpo candente, que me quiere estrechar.

Sólo tu recuerdo, ante el imposible encuentro, podría saciarme la sed, en este desierto que desde entonces atravieso y darme el calor que necesitaría para cruzar la estepa, en tu busca.

Día tras día, mi lámpara junto a la ventana del norte, ilumina un camino. Si algún día le tomas, sonríe al pasar por ella, como aquella tarde. Te reconoceré y, de ella saltaré, para contigo volar hasta los confines infinitos.

Con la esperanza rota y perdida, si por aquí no pasaras y al cielo llegaras, sonríe, que yo cuando a él suba, ante Dios te reconoceré, aunque ya no me amaras.