Era finales de marzo. Caía la tarde y las sombras se adueñaban del pueblo. Las nubes que cubrían el cielo, parecía que jugaban con una luna grande y redonda, que quería asomarse para ver y abrazar a la tierra. Aquí, los niños habíamos tomado nuestra merienda de pan con mantequilla y azúcar y estábamos formando nuestras parejas para jugar a "tres navíos en el mar." La elección era ruidosa, pues del "quiero ir contigo, no juego,no voy, jo...," a los empujones del gallito que "o aceptas o te vas," llevó tanto tiempo, que sin darnos cuenta, habíamos pasado de la tiritona, al apacible aire que acariciaba nuestras mejillas y nuestras rodillas.
La sorpresa se consumó al ver que no quedaba nube alguna. Eolo había soplado con suavidad, pero con entereza y, había trasladado las nubes a otra parte, donde no jugaran niños. El cielo azul profundo, nos aproximaba la luna que parecía colgarse, para iluminar nuestro juego.
Las parejas formadas, una, lejana, gritó: "tres navíos en el mar." Otros tres en busca van" sonó como el eco de ese reclamo, al tiempo que unos pasos alocados iban en su busca. Una cuerda atada a la cintura, que sujetaba el compañero, los brazos caídos y las manos azotando las caderas,
trataban de imitar a caballo y jinete, en busca de la presa. La luna cual linterna gigante, guiaba nuestra precipitada búsqueda.