Fotografia, cortesía de gallery player.Voy arrastrando mi cuerpo, desde que me levanto; hasta me pesa el alma, tanto, que aliento no tengo.
¡Qué desgracia! ¡Un día más, despertar! ¡Qué angustia volver a caminar, arrastrando mis pies, pues con el cuerpo no puedo!
¡Cuánto me cuesta el sueño abandonar! ¡Qué amargo día me aguarda! ¡Qué desdicha abrir los ojos! ¡Qué infortunio, así sobrevivir! ¡Qué no haría yo, para verla sonreir!
No me agrada ver el día; en mi alma todo es noche; vivo con una esperanza negra,
que el corazón me atormenta.
Cuantas veces me he preguntado el porqué, otras tantas no he acertado con el motivo, de aquel infausto día, que esperándola estaba, mientras llovía.
¿La dio miedo el diluvio de amor que en mí intuía? ¿Porqué no se dejó sumergir en el mar de ardor, en el que mi piel, abrasante, la deseaba hundir?
Nunca llegó a la cita prometida; jamás explicación alguna; la indiferencia, su alma invadió y, a la mía la desgracia temida.
Luego, viví arrastrando mi cuerpo, con el alma pegada al suelo, sin atreverme a levantar la mirada, sin jamás a ella contemplarla.
Mi único goce, era abrazar su sombra; mi mero consuelo, pisar sobre sus huellas, seguir sus pasos desde lejos, divisando el vuelo de su falda.
Me pasé la noche despierto, pensando un sin fin de locuras; delirios que me acarrean una impotencia, que me hace detestar mi existencia.
Ayer, suspiré por última vez. Esta mañana, cuando apenas desperté, ya no tenía fuerzas para seguir, así que me colgué.
Mi cuerpo ya se ha enfriado y, mi alma, confusa, aquí, aún se ha quedado. Quiero ver desde esta altura, cómo llegan, cómo sienten y quienes de mí, en su hartura, me dan la espalda y contrariados parten.
Mi cuerpo yace, mi alma flota. Subido estoy, en el techo de mi habitación. Lo veo todo, les veo a todos, pero a quien por ella he partido, por mucho que lo anhele, aún no ha venido.
Ya no quiero que venga; ya no quiero verla, no vaya a estorbar mi camino, a la vida eterna.
Mírala por do viene, compungida y llorosa. A mi cuerpo mira y su vista eleva. Ella sabe que ahí ya no vivo, que sobre ella estoy, no como a mí, antes, me hubiera gustado, sino como lo que, ahora, soy.
Algo tarde llegas, amada; mujer de lágrima fácil; no gimas, no suspires; baja de lo alto tu mirada, busca en otro lo que en mí no encontraste y trata de sentir con él, lo que en mí despreciaste.
Es mi hora, parto ya. Me llaman, oigo pero no veo. Una absoluta oscuridad me rodea. No reconozco la voz que me llama. ¡Espera, espera! digo. La soledad de mi alma, abajo, también aquí la encuentro. No sé dónde estoy, no sé dónde voy. Tengo una gran inquietud. Abro mucho los ojos, pero sigo sin ver. Quiero detenerme para no tropezar. Extiendo mis brazos y sólo siento frío. Me arrepiento de lo que he hecho. Atravieso un mar infinito y al fin diviso una tenue luz que se va agrandando cada vez más. Resplandece más que mil soles y, me invade una gran felicidad y una paz, como abajo jamás disfruté. ¿Es esto el cielo? No lo sé, pero aquí me quedo.
¡Qué desgracia! ¡Un día más, despertar! ¡Qué angustia volver a caminar, arrastrando mis pies, pues con el cuerpo no puedo!
¡Cuánto me cuesta el sueño abandonar! ¡Qué amargo día me aguarda! ¡Qué desdicha abrir los ojos! ¡Qué infortunio, así sobrevivir! ¡Qué no haría yo, para verla sonreir!
No me agrada ver el día; en mi alma todo es noche; vivo con una esperanza negra,
que el corazón me atormenta.
Cuantas veces me he preguntado el porqué, otras tantas no he acertado con el motivo, de aquel infausto día, que esperándola estaba, mientras llovía.
¿La dio miedo el diluvio de amor que en mí intuía? ¿Porqué no se dejó sumergir en el mar de ardor, en el que mi piel, abrasante, la deseaba hundir?
Nunca llegó a la cita prometida; jamás explicación alguna; la indiferencia, su alma invadió y, a la mía la desgracia temida.
Luego, viví arrastrando mi cuerpo, con el alma pegada al suelo, sin atreverme a levantar la mirada, sin jamás a ella contemplarla.
Mi único goce, era abrazar su sombra; mi mero consuelo, pisar sobre sus huellas, seguir sus pasos desde lejos, divisando el vuelo de su falda.
Me pasé la noche despierto, pensando un sin fin de locuras; delirios que me acarrean una impotencia, que me hace detestar mi existencia.
Ayer, suspiré por última vez. Esta mañana, cuando apenas desperté, ya no tenía fuerzas para seguir, así que me colgué.
Mi cuerpo ya se ha enfriado y, mi alma, confusa, aquí, aún se ha quedado. Quiero ver desde esta altura, cómo llegan, cómo sienten y quienes de mí, en su hartura, me dan la espalda y contrariados parten.
Mi cuerpo yace, mi alma flota. Subido estoy, en el techo de mi habitación. Lo veo todo, les veo a todos, pero a quien por ella he partido, por mucho que lo anhele, aún no ha venido.
Ya no quiero que venga; ya no quiero verla, no vaya a estorbar mi camino, a la vida eterna.
Mírala por do viene, compungida y llorosa. A mi cuerpo mira y su vista eleva. Ella sabe que ahí ya no vivo, que sobre ella estoy, no como a mí, antes, me hubiera gustado, sino como lo que, ahora, soy.
Algo tarde llegas, amada; mujer de lágrima fácil; no gimas, no suspires; baja de lo alto tu mirada, busca en otro lo que en mí no encontraste y trata de sentir con él, lo que en mí despreciaste.
Es mi hora, parto ya. Me llaman, oigo pero no veo. Una absoluta oscuridad me rodea. No reconozco la voz que me llama. ¡Espera, espera! digo. La soledad de mi alma, abajo, también aquí la encuentro. No sé dónde estoy, no sé dónde voy. Tengo una gran inquietud. Abro mucho los ojos, pero sigo sin ver. Quiero detenerme para no tropezar. Extiendo mis brazos y sólo siento frío. Me arrepiento de lo que he hecho. Atravieso un mar infinito y al fin diviso una tenue luz que se va agrandando cada vez más. Resplandece más que mil soles y, me invade una gran felicidad y una paz, como abajo jamás disfruté. ¿Es esto el cielo? No lo sé, pero aquí me quedo.
1 comentario:
Me ha encantado!
Teresa
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